diciembre 01, 2021

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octubre 04, 2020

FRANCISCO SIERRA ANDRADE

 

El recordado ganadero Francisco Sierra Andrade, hijo de Fabián Sierra y Angélica Andrade, nació en Pueblo Nuevo-Primavera, caserío de Chibolo; pero desde muy niño vivió en Monterrubio, junto a sus padres, años más tarde se residenció en Fundación. Pueblo Nuevo-Primavera era por entonces una pequeña población de aproximadamente 100 familias, fue un caserío que primero fue azotada por la violencia guerrillera, y luego por los paramilitares, a tal punto que a finales de siglo XX, sólo contaba con diez casas de madera.

Don Francisco fue un ganadero muy reconocido en el Magdalena Grande, en sus extensos dominios abundaban excelentes pastizales, y los mejores ganados de la época. Sus predios más reconocidos eran:

- Corralito.
- Las Raíces.
- Todos Los Santos.
- San Pedro. 

PARRANDAS VALLENATAS

Don Francisco,
departiendo con Luis Enrique Martínez

Corralito, contaba con una extensión cercana a las diez mil hectáreas, ubicada entre las poblaciones de Pueblito de los Barrios y San Ángel. En esta hacienda era frecuente en los años 50s y 60s, grandes parrandas vallenatas con los juglares de ese momento, donde era habitual encontrar a los ganaderos: Luis Mariano Bornacelly, Diomedes Sánchez Contreras, “El Mono” Meza, Pablo Hernández, Clemente Rada, Pablito Paternostro, Andrés Gamarra Meza, Gardenio Andrade y sus hijos Genito y Antonio Andrade Bermúdez; además de “Nepo” Sierra, uno de sus hijos, en tiempos donde los ganaderos vivían en sus fincas. 

Por Corralito desfilaron juglares como: Alejo Durán, Colacho Mendoza, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Andrés Landero, “Chema” Martínez, Juancho Polo Valencia, entre otros. Incluso había momentos en que todos los anteriores participaban de la misma parranda, en improvisadas competencias propiciadas por don Francisco.

Su familia


Don Francisco fue un hombre mujeriego, tuvo 27 hijos con diferentes mujeres, entre ellas:
  • Doria Pardo: Fue su primera mujer, de cuya unión nació Estela Sierra Pardo. Esta unión duró poco por ser tan enamorado.
  • María Concepción García Almanza: Doña Conchita fue su compañera de siempre, de cuyo matrimonio nacieron:
- Juan Nepomuceno “Nepo”,
- José “Pepe”,
- Rafael,
- Francisco,
- Benjamín,
- Elena,
- Nohora,
- Francisca “La Negra”,
- Alba,
- Mirna, y
- Gloria Sierra García.
  • Dominga Rodríguez: de cuya relación nacieron:
- Francisco,
- Fabian,
- Guillermo,
- William,
- Hilario,
- Fanny,
- Abelardo,
- Iván, y
- Carlos Sierra Rodríguez.
  • Luz De Ávila: de esta relación nació: Esida Sierra De Ávila.
  • Juana Torres: de esta relación nació una hija llamada: Leda Sierra Torres.
Doña Conchita con algunos de sus hijos

Este ganadero era célebre por sus jocosidades, usaba sombrero vueltiao (caña flecha en esa época) y los dientes de oro. Comenta Tobías Cera Andrade que en una de las famosas parrandas de don Francisco, los jóvenes Luis Carlos Rojano y Ritica Pabón disfrutaban de la música desde la puerta de su casa. Él con su tono de gracia llama a su compadre Antonio Cera Gutiérrez, y le dice:
Compadre, esos muchachos hacen buena pareja cierto, usted que dice?
Don Antonio responde:
Claro compadre, ni para qué dudarlo.
Entonces don Francisco, sacó de su bolsillo un billete de veinte pesos, y le dice a la pareja:
Están ustedes casados por mí, tomen para que disfruten el matrimonio.
De modo que Luis Carlos y Ritica, se fueron a vivir hasta que Dios lo dispuso.

Su muerte

A don Francisco lo sorprende la muerte siendo un hombre con mucha vida, un 21 de abril de 1972, en su casa de Fundación, estando con doña Conchita. Su cuerpo quedó negro como consecuencia del "padrejón" que le sobrevino (nombre con el que era conocida antes esta patología). 

CANCIONES A DON FRANCISCO

Carnavales en Fundación
Era la reina Marjoria De Martino,
quien con su comitiva bailaba
en la casa de don Francisco

Fueron varios los juglares que le dedicaron canciones a don Francisco, entre ellos se destacan las composiciones de Alejo Durán y Andrés Landeros.

Alejo Durán

Alejo Duran le dedicó una canción con el nombre de “Corralito”, la cual fue grabada en el año 1960. Con este son ganó Alejo Duran el Festival de la Leyenda Vallenata del año 1968 en Valledupar.

Tuve una parranda buena
tuve una parranda buena
tuve una parranda buena
para mí ha sido ese lujo
Hombe! en casa de Francisco Sierra
en el pueblo de Monterrubio.

Esto me decía Genito
y esto me decía Jaimito
esto me decía Jaimito
nos vamos a esa linda tierra
oye! nos vamos pa’ Corralito.
a orilla de la cordillera.

Andrés Landero

Fue en el año 1965 cuando Andrés Landero grabó la canción “Corralito”, en honor al propietario de la finca del mismo nombre Francisco Sierra Andrade.

A la región del Magdalena
le voy a dedicar este disco
porque voy para Corralito
que es la hacienda de Francisco Sierra.

En la hacienda de Corralito
donde se hacen buenas parrandas
porque me dijo don Francisco
vámonos para donde Andrés Gamarra.

Este paseo de don Francisco
yo primero tuve un estudio
cuando salí de Corralito
fue con destino a Monterrubio.

En este álbum apareció 
la canción grabada por Landero


SU DESCENDENCIA

José María "Pepe" Sierra García: Un abogado que realizó estudios universitarios en Bogotá; en el año 1991 ocupó el cargo de Secretario de Hacienda Departamental y fue encargado ese mismo año, por el Presidente César Gaviria como Gobernador del Magdalena. Después en el año 1997 fue Delegado del Registrador Nacional del Estado Civil en el Magdalena; para terminar en el año 2001, como Contralor Distrital de Santa Marta.

Nohora Sierra García: estuvo casada con Alberto Caballero Cormane, hijo del ganadero y líder político pivijayero Vicente Caballero Campo, de cuya unión nacieron César y Moisés Caballero Sierra. Nohora Sierra García, al quedar viuda, hizo pareja con el ex-alcalde de Pivijay, periodo (1995-1997) José Díaz Acuña.

Gloria

Gloria Sierra García: Casada con Jonás Rada, hijo de don Clemente Rada.

Elena y Nepo

Juan Nepomuceno “Nepo” Sierra García: Casado con Antonia Carmona Meza, hija del matrimonio entre Manuel Carmona y Porfiria Meza. “Nepo” Sierra García gozó del privilegio de su padre,  le obsequió una de sus mejores finca: San Pedro.

El Ronco

Francisco Sierra García: Conocido popularmente como "Francio el Ronco", personaje que tuvo vida en el periodo (1956-2018). 

Francisco Sierra Rodríguez: Este hijo que tuvo con Dominga Rodríguez, era conocido popularmente como "Pulga e' Chivo”.

MATRIMONIO 
SIERRA-GAMARRA

Camargo y Elena

Tres de los hijos de don Francisco Sierra Andrade, contrajeron matrimonio con tres hijos del mayor terrateniente del Magdalena de mediados de siglo XX, Andrés Gamarra Meza, ellos fueron:

Su hija Elena Sierra García: Se casó con José Rosario Gamarra Buelvas, el popular “Camargo”, hijo legítimo del ganadero Andrés Gamarra Meza; son los padres del ex-parlamentario José Rosario Gamarra Sierra. José Rosario Gamarra Buelvas, “Camargo”, vivió de la ganadería, con su esposa Elena Sierra García, en la finca “Paraíso”, jurisdicción San Ángel Magdalena, matrimonio del cual nacieron los siguientes hijos:

- María de la Cruz Gamarra Sierra.
- Ramón Nonato Gamarra Sierra.
- Dorys Esther Gamarra Sierra.
- María Concepción Gamarra Sierra.
- Grenelia Soledad Gamarra Sierra.
- Gumersinda Isabel Gamarra Sierra.
- Andrés Vicente Gamarra Sierra.
- José Rosario Gamarra Sierra.

Su hija Francisca “La Negra” Sierra García: Se casó con Pablo Milciades Gamarra Buelvas, hijo legitimo del ganadero Andrés Gamarra Meza.

Su hijo Rafael Sierra García: Se casó con María Del Rosario Gamarra, hija de Don Andrés Gamarra Meza.

José del Rosario Gamarra


Su nieto, hijo del matrimonio entre José Rosario Gamarra Buelvas, mejor conocido como “Camargo”, con Elena Sierra García. José Rosario Gamarra Sierra, estudió Derecho en la Corporación Universitaria de la Costa (CUC) de Barranquilla, ocupando los siguientes cargos:

- Abogado Contraloría del Magdalena, año 1983.
- Personero del municipio de Fundación, año 1984.
- Consejo de Administración de Coolechera, periodo (1992-1999).
- Diputado del Magdalena, periodo (1995-1997).
- Representante a la Cámara, periodo (2002-2006).

Es José Gamarra es propietario de varias haciendas, entre ellas “Mientras Tanto” y “Convención”, empresas ganaderas de tradición familiar, durante seis generaciones. 

El Negro Caballero


Cesar Caballero Sierra, mejor conocido como “El Negro” Caballero, es hijo de la unión matrimonial entre Nohora Sierra García y Alberto Caballero Cormane. “El Negro” Caballero Sierra, nacido en Pivijay Magdalena, fue Presidente de la Asamblea del Magdalena en el año 1999.


Francisco Sierra, Pachito Andrade Salcedo, y
Diomedes Sánchez Contreras,
en el desaparecido Café España de Fundación.





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septiembre 19, 2020

LISÍMACO PERALTA: TRÁGICO FINAL DE UN MARIMBERO


Lisímaco Peralta: Una Canción y 44 Balazos



Buena parte de las canciones vallenatas consideradas como clásicas narran vivencias, pasajes y anécdotas, o son manifestaciones de amor o de nostalgia. En síntesis, las letras son inspiradas por sucesos o sentimientos pasados o presentes. Los compositores convierten en personajes populares a sus amadas, amigos y compadres, quienes inspiran al artista. Muchas veces por fortuna la melodía es premiada con el éxito.

La Locura

La relación del homenajeado y la canción, es de orgullo y gratitud pues significa su ingreso al universo creativo del compositor el cual inmortaliza su nombre en el canto. Es el caso, por ejemplo, del tema “Lluvia de Verano” de la autoría del maestro Hernando Marín Lacouture, inspirada y dedicada a su amigo Lisímaco Peralta, el cual marcaría el destino de su protagonista.

En mayo de 1978 se lanza el álbum La Locura, grabado por el entonces joven cantante guajiro Diomedes Díaz, quien frisaba los 21 años, acompañado en el acordeón por su paisano Juancho Rois, dos años menor que él. Ninguno de los dos jóvenes talentos intuía la magnitud del éxito que alcanzaría un trabajo musical que a la postre los consagraría como grandes del folclor.

El acordeón con que interpretó Rois aquellas melodías ni siquiera él mismo pudo repetirlo en otros discos. Una posible influencia del sacerdote capuchino italiano Hilario de Pescosolido, conocedor de música sacra y experto en acordeón piano y armonio, con el que Juancho tomó clases a su paso por el colegio La Divina Pastora de Riohacha, puede explicar la singular evocación barroca en temas como “Acompáñame” y “ El alma en un acordeón”. El álbum aún hoy es considerado un hito dentro de la música vallenata. Siete de los doce temas del LP se convirtieron en éxito inmediato: “Acompáñame”, “La Piedrecita”, “El Alma en un acordeón”, “Vendo el Alma”, “Lo más bonito”, “Sol y Luna” y, por supuesto, “Lluvia de Verano”.

La locura fue el nombre más apropiado para el disco, no sólo porque musicalmente constituía un derroche de talento incomparable, sino porque reflejaba acertadamente la convulsa época que se vivía en La Guajira. Y es que en 1978 se iba a producir la más grande cosecha de marihuana de toda la bonanza: Las 75.000 hectáreas de cannabis sativa sembradas en la Sierra Nevada (en la parte guajira) simulaban un inmenso delantal.

El cultivo y exportación de marihuana se habían convertido en el mayor generador de empleo rural y urbano en la media guajira y parte del sur del departamento. El campesino emocionado recibía montones de dinero que nunca hubiesen llegado a sus manos sembrando yuca o plátano. Era la locura. Así mismo, la alta capacidad adquisitiva impulsó el armamentismo civil, en una tierra donde la tenencia de armas hacía parte de una larga tradición para la custodia del honor. Las armas facilitaron que los pequeños conflictos, que anteriormente se resolvían con el diálogo de los mayores, ahora terminaran en tiroteos con saldo de muertos y heridos. Era la locura.

Entre los miles de jóvenes campesinos que se engancharon en el negocio de la marihuana figuraba Lisímaco Antonio Peralta Pinedo, nacido en 1947 en el desaparecido caserío de Guacaraca, jurisdicción del corregimiento de Las Flores, municipio de Riohacha en la época. Hijo de Luis Rafael Peralta Moscote y María Pinedo Gil, ejerció diversos oficios desde jornalero hasta conductor de camioncitos, volquetas y taxis, empujado por la pobreza.

A mediados de los años setenta Lisímaco, al enterarse de las ganancias que producía la marihuana, decidió meterse al negocio, primero como transportador de las fincas a los puertos y pistas de aterrizaje clandestinas y luego como comprador de cosechas que él mismo embarcaba. De esa forma hizo una pequeña fortuna, invirtió en propiedades y se estableció en Santa Marta.

Por esa época conoció a Hernando Marín, famoso juglar del folclor vallenato, bohemio y aventurero, a quien invitó a finales de 1977 a una parranda en su casa en Santa Marta. Luego de tres días de whisky, Lisímaco convidó al compositor a que lo acompañara a La Guajira a ojear una caleta de marihuana que estaba próxima a embarcarse. En medio del monte guajiro, sentados sobre pacas de yerba, Lisímaco Peralta le narró a Hernando Marín la historia de su vida, la pobreza que golpeó a su familia, y las dificultades y penurias que lo acompañaron por muchos años, hasta que por fin, gracias a la marihuana, había logrado cambiar de situación. También le contó de sus sueños de infancia y de sus triunfos y derrotas amorosas. El artista, conmovido por el relato, le tarareó los primeros versos de aquella canción, que se convertiría en todo un clásico de la música vallenata.

Ya no tengo ni penas ni
sufrimientos/
ya se fueron como el viento
huracanado/
y las penas que me ardían dentro
del pecho/
de penas y sufrimientos se
acabaron/
ya no quedan ni siquiera los
recuerdos/
y si llegan, ya son lluvias de verano.

Al día siguiente, luego de dar las últimas instrucciones a los vigilantes de la caleta, viajaron hasta Las Flores, el pueblo de Lisímaco, y se alojaron en la casa de su suegra, Inés Toro. Hernando Marín, por la amistad que habían cultivado y cortado por el guayabo y el hambre luego del largo viaje, se sintió atraído por el delicioso olor de guiso que salía de una inmensa olla. Se acercó a la estufa y quitó la tapa para cerciorarse de lo que su olfato le indicaba, cuando fue sorprendido por la dueña de casa Inés Toro quien le dice: – ¡Suelte esa tapa! El músico sorprendido le dijo – ¿Doña, no sabe quién soy yo?– ¡Usted puede ser quien sea, pero a mí no me gusta que me neceen las ollas! Sin argumentos, Hernando Marín sonrió, tapó de nuevo la olla y siguió para el patio. Ya sentado en una butaca, siempre alegre y bonachón, el maestro le pidió a doña Inés que escuchara unos versos que le había compuesto a su yerno, y le cantó el coro.

Porque fuiste 
como lluvia de verano./
Y al que le pique, 
que le pique,
por mí, 
que se siga rascando.

En marzo de 1978 Hernando Marín regresó a Las Flores y le anunció a Lisímaco Peralta que su canción sería grabada por Diomedes Díaz y Juancho Rois. Inmediatamente se armó la parranda en el quiosco de Reyes Corina, y Marín cantó la versión definitiva de “Lluvia de Verano”.

Las lluvias del verano 
no son frecuentes/
son carrizos que refleja 
el tiempo malo/
y si vuelve una de las 
que me dejaron/
reconcilio porque 
no soy valiente
que no digan las mujeres 
que soy malo/
malas ellas que buscan
su mala suerte

En menos de quince días el álbum La Locura sonaba a todo volumen en los equipos de sonido, pasacintas y pickups del Caribe colombiano y en las grabadoras de los estudiantes costeños de Bogotá, quienes vivían en cofradías en los barrios Palermo, Teusaquillo, Sears (hoy Galerías) y Campin. El tema “Lluvia de Verano” fue el más popular, y era cantado a todo pulmón por jóvenes y viejos mañana, tarde y noche.

Aprendí en el diccionario de la
vida/
a conocer la mentira de la gente
menos mal que yo he sido un
hombre valiente/
que aunque sangre no me duelen
las heridas/
porque tengo mi experiencia
conseguida/
mantendré siempre levantada la
frente

La melodía se convirtió en un canto épico del guajiro y del costeño victorioso. En La Guajira y el Magdalena era el himno del marimbero triunfante, de aquél campesino que zafó a la pobreza o del urbano que había pasado de ser un varado a “tener la tula”. En Bogotá y Barranquilla era canto de quienes habían logrado estudiar un bachillerato o una universidad, hijos de los comerciantes de Maicao, los ganaderos del sur del departamento y del Cesar o de los funcionarios y pequeños comerciantes de Riohacha.

Canto, rio, sueño y vivo alegre
Al que le duela que le duela
Si se queja es porque le duele

“Lluvia de Verano” de alguna manera, exaltaba el fin del ostracismo guajiro que a su vez se convirtió en una peculiar presentación ante la sociedad colombiana por sus variantes extremas; la amable, representada por el mejoramiento de la calidad de vida de unos, reflejada en el acceso a la academia y la difusión de su música, y la amarga, expresada en el vendaval de violencia extrema que se vivió. Esta última de dos orígenes, la de las guerras interfamiliares y la violencia gratuita, producto de la arrogancia y la intolerancia, alimentada por el frenesí del dinero fácil y agravada por la aparición en escena de algunos psicóticos que deliraban por disparar los cuales llenarían de luto la península y parte de la costa.

La gente, especialmente la nueva generación, entonaba alegre la canción y repetía el nombre Lisímaco Peralta sin saber quién era el ahora famoso personaje. Para la mayoría era un hombre que aburrido de una situación difícil, presuntuosamente “cambió de comedero”. Reflexiones perversas afirmaban que “el comedero” era una mujer, pero no, “el comedero” era el hogar de la mujer, la novia o la amante, dónde él llegaba a veces a desayunar, a veces a almorzar y a veces a cenar. Para la mujer guajira, sea esposa, mujer, novia o amante, es muy importante que su hombre se alimente en casa y por eso se esmera en preparar ella misma los alimentos. La ruptura de la relación produce una pérdida sentimental y lleva en consecuencia a un cambio de comedero. Y es que quien pierde a una mujer también pierde su sazón.

Tengo talla de hombre mujeriego
como Lisímaco Peralta
voy a cambiar de comedero

Lisímaco Peralta estaba feliz con su canción, pero no había tenido la oportunidad de escucharla en vivo, ejecutada por sus intérpretes. Las presentaciones de Diomedes y Juancho siempre se cruzaban con sus ocupaciones; cada vez que se proponía viajar a Valledupar o a Barranquilla, algo surgía: un inconveniente en el negocio, un enfermo en la familia o una visita inesperada. Era como si el destino no quisiera que los músicos se encontraran con el agraciado.

Un viaje sin retorno

En La Guajira y el Magdalena había preocupación por la cosecha de 1978; sabían de la presión que ejercía el gobierno de los Estados Unidos contra el cultivo y la exportación de marihuana a través de la fuerza pública, incluido el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea. Pero además, tenían presente que el gobierno de Alfonso López Michelsen tocaba a su fin y la política del nuevo presidente era una incógnita.

Lisímaco Peralta estaba intranquilo, el envío del embarque que lo convertiría en un nuevo rico se había retrasado. El buque que debía partir del puerto de Santa Marta hacia una playa de La Guajira a recoger la mercancía el 29 de julio tenía un desperfecto en el motor y su reparación tardaría algunos días. Decidió viajar entonces con uno de sus socios a la finca a poner al tanto de la situación a los vigilantes de la caleta para que no se impacientaran. Estaba nervioso, su plan era hacer el envío grande antes de la posesión del nuevo presidente, porque después cualquier cosa podía pasar. El 5 de agosto madrugó para la península, le comentó la novedad a los vigilantes y les dejó un buen mercado y abastos para una semana más.

Al tomar la troncal del Caribe de nuevo y ver en la vía el aviso que anunciaba la cercanía de su pueblo, le pidió a su socio, que entraran unos minutos para saludar a la familia. Al llegar a Las Flores se dio de cara con Adalcímenes Brito quien lo recibió con estas palabras: -Compadre, llegó como caído del cielo, hoy se presentan aquí Diomedes Díaz y Juancho Rois. -¡Cómo va a ser!- le dijo sorprendido Lisímaco. -Sí -agregó Adalcímenes- el dos cumplí años, y hoy cinco cumple mi compadre Ildefonso Pimienta, y nos pusimos de acuerdo para hacer una sola fiesta. -Compadre, voy de paso, madrugué pa’ Pénjamo y ya voy de regreso a Santa Marta, no traje ni ropa. –le contestó Lisímaco. -La ropa no es problema, yo le presto -le ripostó el compadre. -Está bien -cedió rápido Lisímaco, sin ofrecer mucha resistencia por el deseo frustrado de escuchar su canción en la voz de Diomedes Díaz. Se bajó del carro y le pidió al socio que lo viniera a buscar a primera hora del día siguiente.

En efecto, Adalcímenes Brito e Ildefonso "Ilde" Pimienta habían acordado hacer una sola fiesta, que pagarían entre ambos. Dos días atrás habían contratado la agrupación de Diomedes Díaz y Juancho Rois en Riohacha, cuando amenizaba en la capital del departamento el matrimonio de Danis Brito Rosado, oriundo también de Las Flores. El festejo sería en ‘Salsipuedes’, una casa que usualmente arrendaban en el pueblo para fiestas privadas o casetas.

Los cumplimentados invitaron a todo el pueblo, familia, amigos y conocidos. Entre ellos a Reyes y Juanito Guerra, dos hermanos que mantenían resquemores con Lisímaco, por motivos que se desconocían. Algunas versiones sostienen que ello obedecía a que Lisímaco, supuestamente, le prestaba su vehículo a Marcos López en Santa Marta, un florero residente en esa ciudad, enemigo de los Guerra. Otras voces niegan el hecho y aseguran que todo fue producto de un malentendido: el carro de Lisímaco Peralta era de la misma marca, modelo y color que el de Marcos López, una camioneta Dodge 300 negra, con la diferencia de que la de éste último era blindada. También se decía que la inquina entre ellos tenía que ver con una mujer, pariente de los Guerra. Lo cierto es que la inconformidad de Reyes y Juanito con Lisímaco afloró esa noche del 5 de agosto de 1978. El origen real de la pugna nunca se supo. Lo grave es que en ese tiempo los problemas se resolvían a tiros.

Por esos años Las Flores no gozaba del servicio de energía eléctrica. Y la del 5 de agosto era una noche oscura, sin luna, una verdadera boca de lobo. Los lugareños consiguieron una planta eléctrica o motor, como dicen en la zona, para suministrar energía a ‘Salsipuedes’. Hacía las 7 de la noche comenzó la fiesta; la gente se volcó a la casa de la calle 6, aglutinándose en el patio, en la sala y en la calle. La curiosidad por conocer a Diomedes y Juancho era general. Los músicos se ubicaron al final del patio en una pequeña e improvisada tarima.

Ildefonso "Ilde" Pimienta presentó a Lisímaco Peralta con Diomedes Díaz. Se dieron un fuerte abrazo como compadres de toda la vida. -¡El famoso Lisímaco Peralta!,- le dijo el Cacique de la Junta. -Soy famoso gracias a ti.- le contestó sonriendo Lisímaco. -Será gracias al compadre Hernando Marín- le recordó Diomedes. Se sentaron y brindaron con una Rois, como siempre, permanecía callado y solo se reía de los chistes y comentarios necios que se hacían.

“Salsipuedes”

La agrupación abrió su presentación con “Lluvia de Verano” y fue la locura, todos se levantaron a hacer palmas y cantar en coro. A Lisímaco se le aguaron los ojos de la emoción; en milésimas de segundos por su mente pasó su vida, su infancia de campesino, su juventud como conductor, sus dificultades, su pobreza y su primer “corone”. Le parecía increíble, ver y escuchar a Diomedes Díaz y a Juancho Rois en su pueblo, era algo realmente mágico. Al terminar la primera tanda, radiante y conmovido, los contrató para su cumpleaños de la próxima semana, el 12 de agosto. Les pidió que no se comprometieran por tres días y les ofreció como regalo una camioneta último modelo.

La fiesta continúo; el conjunto interpretaba cada una de las canciones del disco, convertidas en éxitos rotundos. A esas alturas ya Lisímaco había discutido dos veces con Juanito Guerra, quien insistía en el reclamo -Hoy te voy a matar- le dijo la primera vez. Lisímaco, inocente del infierno que estaba creciendo dentro de Juanito, pensó que estaba mamando gallo y contestó con una sonrisa. -¡Ve Juanito, deja de estar hablando locuras!-

Una hora después se le acercó de nuevo y le dice -Hoy te voy a matar.- Lisímaco, desprevenido y sonriente, le comentó a los dos amigos que tenía a su lado -A Juanito qué le pasa, es la segunda vez que me dice que hoy me va a matar.- Lisímaco y sus amigos se rieron, no creyeron en las palabras de Juanito Reyes, les parecía absurdo que los Guerra hablaran en serio; se suponía que aquella era una fiesta de amigos.

En esa época era normal que los hombres en La Guajira portaran armas. En los pueblos de la troncal del Caribe como Las Flores, La Punta y Dibulla se miraba como bicho raro a quien no portara un arma en su bolsillo o en su cinto. Esa noche en Las Flores, con la excepción de los cumplimentados, todos cargaban armas, motivo adicional para disuadir a cualquiera de hacer uso de ellas. El último tema de la segunda tanda de Diomedes y Juancho fue nuevamente “Lluvia de Verano”, todos seguían con palmas la canción, Lisímaco se levantó de la mesa y alzó los brazos: “Canto, rio, sueño y vivo alegre, al que le duela que le duela, si se queja es porque le duele”, coreaba con el Cacique de La Junta. Era su día, era su canto, y la próxima semana el embarque que lo convertiría en millonario partía con rumbo norte; era su triunfo.

Al final de la tanda algunos de los presentes pidieron al “picotero” que colocara algo de salsa. Empezó a sonar “El cocinero mayor” de Fruko y sus tesos. Los salseros incógnitos salieron al ruedo: Ismael Galván, Adalcímenes Brito, José Bermúdez, “patoco”, y Estivin Mendoza; se improvisó un concurso de baile y la gente se apiñó en la sala a ver el espontáneo espectáculo.

Sidis Mendoza, la cuñada de Lisímaco, llegó a buscarlo. Le dijo con inusitada angustia, como si presintiera algo -Lisímaco, me dijiste que te viniera a buscar, vamos para que te acuestes!. En efecto Lisímaco le había pedido que entre las 9 y las 10 lo fuera a recoger ya que venían temprano por él. Lisímaco salió a la puerta y los amigos lo persuadieron de quedarse, entonces él se quedó mirándola pensativo, y sonriente le contestó -No te preocupes, dejame bailar mi disco, y enseguida estoy allá, dile a tu mamá que ya voy.- Sidis se marchó.

A esa hora el conjunto vallenato se aprestaba a dar comienzo a la tercera tanda, y mientras la mayoría de los asistentes estaban felices, gozándose la fiesta, los hermanos Guerra seguían inquietos y belicosos. Nuevamente Reyes se le acercó a Lisímaco a amenazarlo y éste con la paciencia colmada le contestó: -Bueno, tú te crees más hombre que todo el mundo.- Inmediatamente apartó a sus acompañantes, y llevó su mano al bolsillo buscando su pistola, pero Reyes sacó primero y le disparó hiriéndolo en un dedo de la mano. Lisímaco no alcanzó a reaccionar. En ese momento recibió 7 tiros por la espalda de un acompañante de los hermanos Guerra, y Lisímaco cayó muerto a causa de once proyectiles. 

Sidis Mendoza acababa de llegar a su casa y se disponía a darle la razón a su mamá cuando se escucharon los primeros tiros. Temiendo lo peor, se llevó la mano al pecho y exclamó -¡Mamá, mataron a Lisímaco!-, mientras se escuchaban más y más disparos.

Reyes intentó fugarse saltando la tapia pero los acompañantes de Lisímaco lo bajaron a balazos. Recibió en total 44 tiros. La plomera fue terrible. El nombre del lugar se convirtió en una espantosa realidad: "Salsipuedes". Había gente disparando por todas partes. Juanito, el hermano de Reyes, intentó subirse en una mesa para disparar y uno de los presentes lo mató de un solo tiro. Ahí terminó la balacera. El hombre que le disparó a Lisímaco por la espalda había salido tranquilo en medio de la oscuridad debido a que la luz se fue, lo que le facilitó su huida.

El saldo fue lamentable, muertos: Lisímaco Peralta, los hermanos Juan y Reyes Guerra y José Tomás Bermúdez, este último, un anciano de 79 años. Los heridos: Eberto Alonso Povea Pérez, Cándido Celestino Povea Pérez, Enrique Luis Povea Pérez, familiares entre sí, quienes estaban en una misma mesa, y una mujer de nombre desconocido, natural de Tolú, invitada a la fiesta.

Cuando se armó la plomera, Diomedes Díaz y Juancho Rois se volaron la tapia, llegaron hasta la casa vecina y se metieron debajo de una cama; de ahí saldrían media hora después, descubiertos por un vecino conocido como “El negrito” quien, portando una ametralladora M-1, buscaba no se sabe a quién para matarlo, enseguida se escondió en la Iglesia del pueblo. Solo hasta las tres de la mañana, cuando llegó el ejército, los músicos, escoltados por soldados, lograron abandonar Las Flores. Al subirse en el vehículo militar Diomedes sentenció: -¡No vuelvo más a este pueblo!-, promesa que cumplió hasta el final de sus días.

A esa misma hora, a decenas de kilómetros de allí, en la Sierra de la Totumita, una zona de la Sierra Nevada de Santa Marta, doña Alba Rosa Rosado, la madrastra de Lisímaco, estaba dormida; súbitamente despertó y sintió que le pasaban el peine por el cabello -Presentí que algo le había pasado a uno de los míos,- recuerda hoy, 30 años después.

Los hechos de aquel sábado aciago fueron producto de una serie de circunstancias desafortunadas que tuvieron como telón de fondo el ambiente de crispación social que se vivía en La Guajira en esos años por cuenta del negocio de la marihuana. Al parecer los hermanos Guerra no habían planeado nada, y tampoco tenían intención de hacerle el reclamo en Santa Marta a Lisímaco por la supuesta falta.

La serie imprevistos y casualidades que se conjugaron para hacer que la víctima estuviera presente en el festejo: el daño fortuito del motor del barco, su decisión de última hora de entrar a saludar a su familia; el reencuentro con los amigos; la fiesta con los ídolos vallenatos del momento, que estrenaban su canción; la negativa de atender la solicitud de su cuñada cuando fue por él, han dado pie para que en los vecinos de Las Flores exista el convencimiento de que Lisímaco Peralta murió por una mala hora. Tal vez la presentación en vivo de “Lluvia de Verano”, una innegable ovación a Lisímaco, atizó odios reprimidos, sostienen algunos. Lisímaco Peralta estaba casado con Aura Leticia Arévalo, su paisana, con quien tuvo 4 hijos. La semana siguiente cumpliría 30 años de edad.

Su nombre quedó inscrito para siempre en la Leyenda Vallenata con la canción que le compuso su amigo Hernando Marín, esa jocosa melodía adoptada como canto triunfal por toda una generación de guajiros y costeños, que 32 años después los parranderos siguen entonando a todo pulmón.

Su famoso interprete, Diomedes Díaz, ha cumplido la promesa que hizo aquella noche debajo de una cama, en medio del tableteo incesante de pistolas y revólveres: no ha vuelto a cantar en Las Flores.

Epílogo

Horas después de la muerte de Lisímaco Peralta, en la lejana Bogotá, tomaba posesión como presidente de la República Julio César Turbay Ayala. El primer acto de su gobierno consistió en la expedición del decreto 1923, también conocido como el Estatuto de Seguridad, con base en el cual ordenó militarizar La Guajira con más de 10.000 soldados, derribar los aviones no autorizados que llegaran a la península y bombardear las pistas clandestinas. El principio del fin de la bonanza marimbera había comenzado.


Por: Fredy González Zubiría



septiembre 17, 2020

SOMBRERO WAYÚU: HISTORIA OCULTA

Sombrero Wayúu

Las artesanías y prendas indígenas son reconocidas en Colombia por sus técnicas ancestrales y sus diseños particulares, pero también por el significado simbólico que subyace en cada una de ellas. 

El sombrero wayúu –o uwomü– es uno de esos accesorios coloridos que han ganado protagonismo en las últimas décadas al lado de las célebres hamacas, mantas y mochilas, sin embargo, su uso generalizado es relativamente reciente. 

En las descripciones de jefes wayúu de principios del siglo XX, el sombrero casi nunca aparece aunque sí forma parte de la indumentaria del palabrero –o putchipüu– quien gana a través de él un grado de distinción. 

A lo largo del siglo XX, y sobre todo a finales, el sombrero gana en presencia en el seno de la comunidad y aparece en la cabeza de hombres y mujeres, primero adornado de una cintilla de iraca, y después con los colores extraídos de la pintura de aceite (cruzados de rojos, azules, amarillos y verdes). 

Una de los grandes intereses del sombrero es el reflejo de una clara división del trabajo dentro de las costumbres wayúu. El sombrero uwomü es –junto con las guaireñas, el calzado típico– uno de los adornos elaborados exclusivamente por los hombres. Las otras (mochilas, pulseras, chinchorros, hamacas y mantas) son dominio de las mujeres quienes en grupos generacionales se encargan de mantener vivas estas tradiciones. 

La técnica empleada en la elaboración del sombrero se llama comúnmente la técnica de “sarga” o tejido en diagonal con hilos planos o cintillas de paja de isii o mawisa. Los colores también tienen su importancia, dos suelen predominar: el crudo natural de la fibra con la cual se teje y un color negro, aunque últimamente, el uso de colorantes y pintura de aceite ha favorecido la incorporación de otros colores no tradicionales como el rojo, amarillo verde y azul. 

El sombrero wayúu se compone de tres partes muy diferenciables: 

(1) la base de la copa que representa un círculo de textura plana, 

(2) el “cuerpo” de la copa en forma de cilindro, y 

(3) el ala que tiene una extensión variable y sobre el cual se aprecian dibujos en relieve. 

Más allá de estos datos técnicos, el sombrero wayúu alude a un estilo de vida y un trabajo minucioso donde la calidad es un elemento fundamental. Elaborar un sombrero siguiendo las costumbres tradicionales requiere habitualmente un día de trabajo. Por eso, su fama y longevidad son incuestionables. 


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