domingo, 19 de marzo de 2017

LA HUELGA DE LAS BANANERAS



El presidente Reyes en una Bananera de la Zona


Como el presidente Rafael Reyes (1904-1909) había concedido una exención de impuestos a la producción y exportación del banano hasta 1929, además de una concesión de tierras hasta el año 1911, la Compañía logró para el año de 1920 tener más de 13 mil hectáreas distribuidas en la Zona Bananera, con las haciendas de Santa Ana y Santísima Trinidad.

También, la empresa norteamericana se había expandido en varios países del Caribe, aparte de Colombia, entre ellos Cuba, República Dominicana, Costa Rica, Panamá, Honduras y Guatemala, en los que, según datos de la historiadora Catherine LeGrand, tenía un millón 383 mil 485 hectáreas de plantaciones; 2 mil 434 kilómetros de ferrocarril; 90 barcos de vapor que transportaban la fruta desde el Caribe hasta los Estados Unidos y Europa; 5 mil 636 kilómetros de cables telegráficos y telefónicos; y, 24 estaciones de radio.

Sin embargo, para ese mismo año (1920), la inflación de precios y la consecuente subida de salarios disminuyó la ganancia de los hacendados que, en algunas ocasiones, se compensaba con mayores pedidos por parte de la Compañía, pero que a finales de año, los mismos empleados no aguantaron más, pues los salarios se estancaron en alrededor de un dólar y fue entonces cuando se le pidió al Gobierno Nacional la imposición de algún impuesto a la exportación del banano y que se nacionalizaran los ferrocarriles de la empresa norteamericana.

Es importante resaltar, que para ese entonces el banano significaba para el departamento del Magdalena el 95 % de sus exportaciones, con aproximadamente 10.3 millones de racimos, pero a nivel nacional tan solo el 7 % de las exportaciones, aunque llegó a ser el tercer productor de esta fruta del mundo. Además, la UFC fue la mayor fuente de empleo en el Caribe colombiano, y muchas personas del interior aprovecharon el auge bananero para trasladarse hacia la Región y beneficiarse con puestos de trabajo.

Esto es afirmado por el historiador e investigador Marcelo Bucheli cuando dice: “la fuerza laboral bananera del Magdalena llegó a la Región desde otras partes del país más o menos cuando la United Fruit Company comenzó sus operaciones en la Zona. La Guerra de los Mil Días produjo una afluencia de inmigrantes lo que aumentó la fuerza laboral disponible en la Región. Durante la Guerra, muchos soldados liberales y sus generales se escaparon hacia el Caribe y se asentaron allí una vez terminó el conflicto.

Por tanto, los recién llegados se convirtieron en un segmento importante de la industria laboral bananera. Igualmente, después de la Guerra, la Región también atrajo gente proveniente de otras áreas empobrecidas en Colombia que buscaban mejores oportunidades. La llegada de estas personas, muchas de ellas simpatizantes del Partido Liberal, ayudó a configurar la Región como un lugar con características únicas, diferente del resto del Caribe colombiano”.

ANTES DE LA MASACRE



El historiador Leonardo Agudelo Velásquez, docente e investigador, de la Universidad Autónoma del Caribe, relata en su artículo ‘La industria bananera y el inicio de los conflictos sociales del siglo XX’, que para 1928, más de 30 mil personas se habían beneficiado de esa bonanza bananera de la Zona mediante empleos, aunque eran 50 mil personas las que vivían en la zona cruzada por el ferrocarril.

Pero que, entre los mayores beneficiados por la bonanza, teniendo en cuenta el estatus socio económico y político, fueron las grandes familias de la Región, “Dávila, Goenaga, Campo, Serrano, Díaz Granados, Salcedo, entre otros, pues disponían de grandes extensiones de tierra y de capital para proveer a la compañía de banano, contando con la compra de sus cosechas por una sola firma. Así mismo, de estas familias salía la clase dirigente que controlaba la Región y los representantes y senadores del Departamento”, por tanto, los pequeños y medianos propietarios de tierras que no lograban expandir sus cultivos de banano, no estuvieron de acuerdo con tantos beneficios para la empresa norteamericana.

Y es que la United Fruit Company acababa de salir de una lucha con la empresa Cuyamel Fruit Co., también norteamericana y que se había radicado en Honduras a principios del siglo XX, luego de que Samuel Zemurray, antiguo ejecutivo de la UFC, hiciera una fortuna y comprara 20 kilómetros de tierra a lo largo del río Cuyamel de ese país, creciendo considerablemente y haciéndole competencia. Pero, a pesar de que, en 1927 importó 61 millones a los Estados Unidos, decidió vender sus propiedades y activos a la UFC, a cambio de 300 mil acciones valoradas en 31 millones de dólares.

Por tanto, la United Fruit Company se vio obligada a controlar gastos y se generaron inconformidades por parte de los obreros bananeros, pues entre otras cosas, fueron sin duda los más afectados por estos recortes presupuestales, debido a que la Compañía realizó contrataciones indirectas, mediante el uso de subcontratistas, que les eximía del pago de beneficios laborales legales.

En su artículo investigativo mencionado, los doctores en historia, Jorge Elías Caro y Antonio Vidal Ortega exponen uno de los puntos del acuerdo de trabajo, que estipulaba: “todos los detalles del trabajo estarán a cargo de la empresa contratista y ni el contratista ni el trabajador serán trabajadores de la United Fruit Company”. Por lo que la Compañía alegó que los abusos cometidos hacia los trabajadores fueron ejecutados por parte de la empresa contratante y no por ellos.

“El principal objetivo de la huelga fue ejercer presión sobre la UFC para que la obligara a cumplir con las leyes laborales colombianas aprobadas en 1915, que la United Fruit Company evitó desempeñar porque significaba otorgar ciertos beneficios a los trabajadores, estimados en 150 mil en la Gran Cuenca del Caribe, de los que el 16.7 % eran colombianos”.

No obstante, el doctor en Historia, Jorge Elías Caro, aseguró en entrevista exclusiva con OPINIÓN CARIBE que, en América Latina ya se venían dando una serie de movimientos revolucionarios que incentivaban a otros para protestar por sus reivindicaciones laborales, “en 1910 estalla la revolución mexicana y en 1917 se da una nueva Constitución en Querétaro. Esta es la primera constitución que reivindica los movimientos campesinos, obreros y sindicales. Pronto, se expande por toda América Latina, y aunque hoy se habla de la revolución cubana, porque fue lo que realmente vivimos, en esa época, hasta los años 60 y 70, se habló de la revolución mexicana, pues fue un movimiento popular que enaltecía la privatización de las multinacionales a empresas estatales.

Con las reformas agrarias, igualmente se pretendía acabar con el latifundio, para que fueran minifundios y dárselos a los campesinos. Por tanto, en 1917, se da esta constitución mexicana y muchos de los modelos empiezan a jalonarse y muchos líderes revolucionarios la toman como ejemplo, hasta que estalla la Revolución Bolchevique en Rusia y comienza el comunismo”.

También, según Caro, iniciaron los brotes de la guerra civil española y empiezan a llegar los anarco-sindicalistas y anarquistas franceses, españoles, portugueses, y empieza una mezcla de movimientos de la revolución mexicana, rusa, china, de los anarco-sindicalistas españoles y se mezcla todo en un movimiento fuerte de reivindicación del obrero y el campesinado, desarrollando connotaciones ideológicas anti imperialistas.
“Por tanto, la huelga de 1928 no fue la primera protesta ni la más grande, porque todo lo queremos dimensionar y decir que lo nuestro fue lo más importante. En 1910, se dio el primer paro denominado ‘El paro de los trabajadores portuarios’, donde los puertos pararon labores pues los trabajadores buscaban reivindicaciones laborales, asemejando sus ideales a los de los mexicanos.

La primera masacre de los trabajadores no fue tampoco la de la Zona Bananera en Colombia, fue en 1919, después de un cese de actividades de varios meses con los trabajadores del cuero y del calzado, en Bogotá. Ahí sí hubo muchos muertos, pues la violencia de Estado fue liderada por la Policía; en la Zona, con el Ejército. Incluso, hubo una masacre aún más grande en 1963, en las cementeras de Santa Bárbara, Antioquia”.

Cabe mencionar, que la United Fruit Company enfrentó varias huelgas antes de 1928 y en todas ellas los trabajadores exigían la eliminación del sistema de subcontratistas y la formalización de contratos directos, entre ellos y la empresa. Puesto que, según Pierre Gilhodes, para 1925 solo aparecían en los libros de contabilidad 5 mil personas, incluyendo al personal de oficina y administrativo, de las casi 30 mil que trabajaban en los puertos y plantaciones del Magdalena.

EL PORQUÉ DE LA HUELGA DE 1928

Sin embargo, la huelga que mayor repercusión tuvo fue la de 1928, a pesar de que varios días antes de la masacre, los periódicos regionales, como ‘La Prensa’ de Barranquilla, dieron una versión esperanzadora de la situación, teniendo en cuenta un comunicado del Jefe de la Oficina del Trabajo, José R. Hoyos Becerra, en la que afirmaba que los Ministros de Industria y Gobierno, estaban en la Zona Bananera como mediadores para encontrar una solución y que, la situación ya estaba controlada “pues los funcionarios superiores del Gobierno y los delegados de los trabajadores habían podido permanecer dentro de la ley con una notable moderación y respeto civil”.

Además, con el objetivo de disminuir la presión ejercida sobre la empresa, la UFC decidió pagar las primeras dos semanas de sueldo que les debían a los trabajadores, creyendo que con esta acción podría resistiría la huelga por algunos días más, “sobre todo, porque el comercio se había vuelto difícil, las ventas habían disminuido el 75 % y los bancos tenían dificultades para cobrar deudas”.

Por su parte, el doctor en historia y docente, Marcelo Bucheli, reiteró en su libro ‘Después de la hojarasca’, que, aunque en la mayoría de escritos sobre la huelga de 1928 argumenta dos puntos acerca del porqué de la protesta, ninguna de esas perspectivas, a su parecer, son exactas.
“Los dos puntos que más se argumentan en los textos son, en primer lugar, que la huelga fue una manifestación temprana de la lucha revolucionaria de la clase proletaria colombiana en contra de un capitalismo opresivo. En segundo lugar, que el resultado trágico de la huelga -la masacre de los manifestantes en Ciénaga- destruyó el sindicalismo de la región y reforzó la explotación de los trabajadores bananeros”.

Pero, según Bucheli, los trabajadores no estaban luchando contra el sistema capitalista instituido por la United Fruit en el Magdalena, sino que querían formalizar su relación con la compañía y ser reconocidos oficialmente como trabajadores de esta. Además, que la represión militar de 1928 no “mató” al sindicalismo en la Región, pues después de 1930 Colombia atravesó cambios políticos y económicos importantes que permitieron al ascenso del sindicalismo y el establecimiento de un código laboral similar al que querían los huelguistas de 1928.

También, se afirma que otra fuente de conflicto fue la utilización de vales por parte de la compañía para pagarles a sus empleados. “Los vales solo se podían utilizar en los almacenes de la compañía, donde se podían cambiar por mercancías que traía la empresa desde Norteamérica, cuando sus barcos retornaban, luego de dejar la fruta en ese país. Cabe resaltar, que la United Fruit Company no era la única compañía en Colombia que utilizaba ese sistema.

Antes de la misión Kemmerer (una ‘Misión Financiera’ americana, contratada por el Gobierno Nacional en 1923, para que estudiara los sistemas de hacienda del país e indicara las reformas necesarias) la política monetaria había sido caótica y grandes sectores de la Colombia rural estaban excluidos de la economía monetaria”.

Jorge Elías Caro, por su parte reitera que los comisariatos, donde se cambiaban los vales por productos norteamericanos no fue un modelo solo de la Zona Bananera, sino de la United Fruit Company, en general, “es más, no solo fue de esta Compañía, sino que fue un modelo norteamericano de expansión, político administrativo en términos imperialistas, con el fin de dominar económicamente el continente americano. Ya estaban las empresas Cuyamel y la Standard Fruit, pero que fueron absorbidas por la United que era poderosa”.

Y es que, para el doctor en Historia, Jorge Elías Caro, cuando no se hace historia con parada, se cree que el objeto de estudio local o regional es el centro del universo, “se comete un grandísimo error creyendo que donde vivimos es donde ocurrieron las cosas. Hay que mirar el horizonte de manera más amplia y comparar distintos contextos.

Lo que hizo la United Fruit Company no lo hizo solo en Colombia, sino en toda América Latina. En Cuba produce azúcar; en Colombia y Ecuador se dedica al banano; en el Pacífico a las uvas. No obstante, el contrato laboral y prestacional, el modelo de contrato con los pequeños productores, el tema de los comisariatos y de las construcciones, o los enclaves que formó con los ferrocarriles y puertos, fueron los mismos para todos los países”:

PREPARACIÓN PARA UNA HUELGA MÁS GRANDE

Según Marcelo Bucheli, la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena, USTM, organizó otra huelga en enero de 1928 con los trabajadores portuarios y los rasos del ferrocarril, que esta vez fue exitosa, pues aumentaron sus salarios. Por tanto, esto animó a los líderes más prominentes del sindicalismo colombiano, a saber, Ignacio Torres Giraldo, María Cano, Alberto Castrillón y Raúl Eduardo Mahecha, para organizar otra huelga de mayor proporción para ese mismo año, con el apoyo de la USTM e iniciaron recorridos por la Zonapara instruir a los habitantes locales acerca de cómo organizar una huelga más grande.

“Tenían experiencia en el tema: Ignacio Torres Giraldo, que fue uno de los intelectuales más respetados de la izquierda colombiana; María Caro, quien lideró varios sindicatos en la industria textil de Medellín y de la Zona Cafetera; Alberto Castrillón, quien hacía parte del Partido Socialista Revolucionario, PSR; y, Raúl Mahecha, quien fue uno de los principales organizadores de la huelga de 1927 de los trabajadores de la Tropical Oil Company en la ciudad de Barrancabermeja y quien había sido educado y entrenado para la acción revolucionaria en la Unión Soviética”.

El Gobierno Nacional arrestó a algunos de los líderes sindicales, organizadores obreros, incluido Mahecha, por “actividades subversivas”, pero no acosó a las organizaciones obreras como tales. Según White, la represión no era contra todos los que simpatizaban con Mahecha y sus ideas “porque los miembros del Congreso nacional y de la Asamblea del Magdalena no lograban ponerse de acuerdo sobre si las organizaciones obreras del Magdalena representaban en realidad una amenaza comunista”.

Mahecha fue liberado poco después de su arresto y regresó a la Zona Bananera para seguir organizando el movimiento obrero. Sin embargo, una vez liberado, enfrentó la oposición de Tomás Uribe Márquez, uno de los líderes del Partido Socialista Revolucionario, PSR, (partido que también incentivaba la huelga) quien tenía mucha influencia con la USTM y no quería que los trabajadores chocaran con el Gobierno Nacional, por tanto, afirmaba, “Mahecha está confundiendo la huelga con una insurrección”.

Entre mayo y octubre Mahecha, Castrillón y Russo constituyeron el comité de huelga en la casa del líder radical Christian Bengal, un inmigrante holandés, quien luego fuera presidente de la USTM, y aunque hubo otra huelga de trabajadores portuarios en Barranquilla, no fue apoyada por el sindicato del Magdalena y solo hasta el 6 de octubre fue presentado ante la United Fruit Company, el pliego de peticiones de 9 puntos, aprobado por la Asamblea General de la USTM, entre los que se pedía la eliminación de vales en lugar de dinero para los pagos y un aumento del 50 % para los trabajadores con los salarios más bajos.

“El asunto más crítico para los líderes de la USTM era el reconocimiento por parte de la United Fruit Company para lograr que la compañía obedeciera la legislación colombiana y para aumentar la legislación laboral”.

Y aunque el Gobierno conservador colombiano no encontró razón alguna para clasificar las peticiones de los trabajadores como subversivas, la United Fruit Company se rehusó a iniciar diálogos con los representantes de la USTM y discutir el pliego, por lo cual el sindicato apeló al Gobierno Nacional.

Las razones por las que la Compañía decidió no llegar a un acuerdo eran, entre otras, que los representantes de la USTM no eran formalmente empleados de la United Fruit Company, por lo que no había ninguna razón para que Thomas Bradshaw, gerente de la compañía, negociara con ellos.

Los representantes de la USTM al ver la negativa de la United Fruit Company le pidieron al enviado del Ministerio de Trabajo, Alberto Martínez, quien había intentado una vez que se discutieran las solicitudes de los sindicatos, que interviniese una segunda vez y este le informó a la empresa norteamericana que las peticiones de los trabajadores eran legales e incentivó el diálogo.

No obstante, y a pesar del apoyo del Ministerio de Trabajo, el gerente de la United Fruit Company se negó a dialogar con los representantes de la USTM y estos no encontraron otra alternativa que iniciar la huelga el 11 de noviembre de 1928.

LA HUELGA

El Partido Socialista Revolucionario, representado en la Región por el líder Raúl Eduardo Mahecha, obtuvo mayor fuerza y logró la huelga el 12 de noviembre de 1928, con la participación de más de 25 mil trabajadores de las plantaciones.

El movimiento de la huelga tenía dos comisiones de trabajadores: una estaba a cargo de la logística; la otra, de vigilancia para evitar la recolección de banano, lo que generó grandes pérdidas a todos los sectores económicos, especialmente al comercio y que se estimó en alrededor de 30 mil dólares diarios para todo el Departamento. Asimismo, recibieron el apoyo de los comerciantes locales, quienes querían que se fueran los comisariatos, pues sentían que eran una competencia desleal que les afectaba sus ventas.



Los huelguistas tenían, además, su propio sistema de comunicación con los trabajadores de toda la Región, denominado el ‘correo rojo’ e imprimían periódicos y volantes para saber las decisiones de sus líderes sindicales.

Así que, una vez iniciada la huelga, la relación entre los empleados y la compañía empeoró y aunque la United Fruit Company intentó mantener sus operaciones contratando esquiroles o sustitutos de los trabajadores, los empleados sabotearon la cosecha destruyendo lo que se había cortado. Los huelguistas también bloquearon los transportes hacia y desde la Región, haciendo que las mujeres y niños se acostaran sobre los trenes del ferrocarril.

Todo esto generó incertidumbre entre la Compañía y la Gobernación del Magdalena, por lo que mediante telegramas pidieron la intervención del Gobierno Nacional. Miguel Abadía Méndez, presidente de aquel momento, decidió enviar un batallón del ejército y una comisión negociadora, esta última solicitada por los sindicalistas.

El general Carlos Cortés Vargas lideró el batallón que arribó desde Antioquia el 13 de noviembre y a cuyos soldados no se les informó de la situación para evitar que simpatizaran con los huelguistas. Se asegura, que se trajeron soldados del interior del país, pues, según una entrevista que se le hizo al secretario de Gobierno del Magdalena, Lázaro Díaz Granados, en el diario ‘El Estado’, el General temía que, en caso de conflicto, los soldados del Magdalena se pusieran del lado de los huelguistas por tener familiares entre los obreros de las bananeras. Por otra parte, la comisión llegó una semana más tarde para mediar los acuerdos entre la United Fruit Company y los representantes de la USTM.

Pero, los huelguistas estaban tan organizados que lograron tomarse algunas propiedades de la Compañía y evitaron a toda costa que se exportara la fruta. Así, lograron ejercer presión y en la primera ronda de negociaciones por parte de la comisión gubernamental, la compañía y algunos dueños de las plantaciones locales se comprometieron a hacer mejoras en las viviendas, construir hospitales de emergencia, pagar un salario semanal y aumentar levemente los sueldos.

Los huelguistas, por su parte, abandonaron la idea del aumento del 50 % en los salarios y de la abolición de los comisariatos el domingo. También pospusieron sus peticiones de seguridad social e indemnización por accidentes laborales.

El acuerdo, sin embargo, se dañó en el último minuto porque los huelguistas se dieron cuenta de que el tema más importante para ellos no iba a ser discutido. Este era la formalización de sus contratos y el reconocimiento por parte de la United Fruit Company como sus empleados directos. Además, pretendían que la USTM fuera reconocida oficialmente por la compañía como su sindicato.

De ahí en adelante, los huelguistas se rehusaron a aceptar cualquier tipo de acuerdo económico si no se reconocía oficialmente la USTM. Los trabajadores, por tanto, perdieron todo el apoyo gubernamental y del Gobernador Local, los cuales le solicitaron al general Cortés Vargas que aumentara la vigilancia en la Región y apoyaron a la empresa norteamericana para que contratara esquiroles que cortaran la fruta después de un mes de operaciones interrumpidas.

Según el doctor en historia, Jorge Elías Caro, este hecho generó que los huelguistas radicalizaran la protesta y desde entonces, las incautaciones de la fruta por parte de los trabajadores tuvieron lugar en diferentes municipios de la Zona. También, hubo enfrentamientos entre los propietarios de las tierras, militares y empleados bananeros.

LA MASACRE

El rompimiento de las negociaciones entre la USTM y la UFC, además de la pérdida del apoyo por parte de la comisión gubernamental y la gobernación local, generó un ambiente sombrío en la Región. Los huelguistas hacían todo lo posible para que la fruta no llegase al puerto, a pesar de que el Ejército protegía a los nuevos trabajadores bananeros, quienes cortaban la fruta.

El 4 de diciembre, el primer cargamento de banano llegó por tren a Santa Marta, escoltado por el Ejército de Cortés Vargas. Como última medida, los representantes del sindicato solicitaron al Gobernador un intento de diálogo, y este les prometió verse en Ciénaga.

La tensión había aumentado y el Gobierno declaró la alteración general del orden público el 5 de diciembre, dando facultades especiales al Ministro Arrazola para actuar como mediador entre las partes, y nombró al General Cortés Vargas como jefe Civil y Militar. “Esta intervención estaba justificada por las pérdidas económicas del sistema socioeconómico y político de la nación, pues se habían estimado pérdidas que superaban el millón de dólares.

Igualmente, la posición de los trabajadores detuvo las comunicaciones y transporte e incluso hubo incautaciones, lo que generó temor respecto a la situación en Santa Marta.

El Gobierno envió información a la prensa de la siguiente manera: “El Gobierno ha decretado el Estado de Sitio en la Provincia de Santa Marta, donde los trabajadores de la United Fruit Company mantienen una huelga de varios días. La prensa nacional, por su parte, anunciaba: “nunca ha habido una huelga más larga y numerosa en el país que la de los obreros del Magdalena. En total lleva inactividad por más de treinta días a la región bananera, y no hay indicios de que esta situación tenga una solución favorable”.

Como el Gobernador del Magdalena había prometido reunirse en Ciénaga, ‘el correo rojo’, de los huelguistas, incitó a la gente para que se reuniera en la plaza principal de Ciénaga para manifestarse y presionar para que la UFC firmara el acuerdo con la USTM.

VERSIONES DE LA MATANZA

Según Marcelo Bucheli, “cientos de personas se reunieron en la plaza a la espera del Gobernador. Cortés dirigió su tropa hasta allí. A las 2:30 p.m. se les dijo a los manifestantes que el Gobernador iba en camino con Bradshaw, gerente de la UFC, a firmar el acuerdo y estos empezaron a celebrar en la plaza. Más tarde se les informó que ninguno asistiría, lo cual desilusionó a los huelguistas y algunos atacaron la sede de la USTM. En la confusión, el Ejército rodeó a los trabajadores y el General les ordenó dispersarse citando la Ley de Estado de Sitio que el Gobierno Nacional había decretado para el Magdalena esa misma tarde y que le había dado sólidos poderes con la declaratoria de turbación del orden público y les dio plazo hasta las 11:00 p.m. para hacerlo. Los trabajadores se negaron y a la media noche el Ejército abrió fuego en contra de los manifestantes”.

Jorge Elías Caro, por su parte, asegura, que el texto acerca de la orden de dispersión por parte del gobernador Núñez Roca, a los aproximadamente mil 500 huelguistas que habían en la plaza de Ciénaga, fue leído, y que, el Ejército al mando del general Cortés, le dio a los trabajadores 15 minutos para dispersarse, sin embargo, la respuesta fue una agitación masiva de las banderas y gritos relacionados con el movimiento obrero. Por tanto, el Ejército respondió con tambores y la amenaza para rechazar a los huelguistas. “Tres advertencias de clarín fueron dadas. Sin embargo, hicieron caso omiso y un silencio profundo reinó en la plaza, lo que conllevó a que la amenaza del Ejército se convirtiera en una realidad cuando se lanzó el grito “disparen”. Rifles y ametralladoras fueron descargados en contra de los manifestantes indefensos y desarmados y en minutos la plaza estaba teñida de sangre”.

La Estación del Ferrocarril de Ciénaga fue el escenario donde supuestamente se llevó a cabo la masacre de 1928.


No se conoce a ciencia cierta el porqué de la matanza, tampoco la cantidad de muertos. En el texto ‘Costeño tenía que ser’ de Armando Benedetti, se cita a Juan Roa Lemus, citado por Roberto Herrera y Rafael Romero, historiador de los sucesos de la Zona Bananera, por ejemplo, sostiene que la noche de aquel trágico diciembre “media docena de hombres fornidos lograron sorprender, con la ayuda de la oscuridad de alguna callejuela de Ciénaga, al temible general Cortés Vargas, y acostándolo impotente sobre la vía, una prostituta de lugar de singular tamaño y piel oscura, llamada Gertrudis Bravo, apodada ‘La Rula’, arremangaba sus faldas y le orinaba la cara”. Asegura el texto, que de ser cierto el incidente, Cortés Vargas tendría una inédita razón para el fuego que ordenó sobre los huelguistas.

Por otra parte, los hechos violentos, conocidos como ‘la masacre de las bananeras’, adquirió a lo largo de los años, varias versiones acerca de la cantidad de muertos y algunas veces, se centró simplemente en divagar sobre cuántas fueron las víctimas opacando el hecho de que el Ejército abrió fuego en contra de huelguistas que no se podían defender y que presentaban exigencias estipuladas de acuerdo con la Constitución política colombiana.

Lo cierto es que, estudiosos e investigadores de las bananeras, sostienen que la huelga y la masacre de las bananeras fueron dos hechos fundamentales para la legislación laboral en Colombia. Por otra parte, hay quienes no le dan tanta importancia al 6 de diciembre de 1928, puesto que señalan que dicho paro fue una alzada criminal y que fue la PSR la que intentó una infiltración comunista al pueblo cienaguero.

CUÁNTOS MUERTOS

Por un lado, el general Cortés Vargas admitió trece muertos, en su libro ‘Los sucesos de las bananeras: historia de los acontecimientos que se desarrollaron en la Zona Bananera del Departamento del Magdalena, 13 de noviembre de 1928 al 15 de marzo de 1929’.

Alberto Castrillón, quien hacía parte del Partido Socialista Revolucionario, PSR, y uno de los líderes de los huelguistas, escribió en un documento que presentó ante el Congreso y que afirmaba que, habían sido miles de muertos.

Gabriel García Márquez, por su parte, escribió en ‘Cien años de soledad’ que murieron tres mil personas, aunque luego confesó que no tenía alguna evidencia del número de víctimas y que, infló el número que había escuchado en los relatos, para que su novela fuese más espectacular. Esto lo afirmó en un texto cuando vio que sus lectores tomaron su conteo literal.

“Cuando yo escribí ‘Cien años de soledad’ pedí que me hicieran investigaciones de cómo fue todo y con el verdadero número de muertos, porque se hablaba de una masacre, de una masacre apocalíptica. No quedó muy claro nada, pero el número de muertos debió ser bastante reducido (…). Lo que pasa es que 3 o 5 muertos en las circunstancias de ese país, en ese momento, debió ser realmente una gran catástrofe y para mí fue un problema, porque cuando me encontré con que no era realmente una matanza espectacular en un libro donde todo era tan descomunal como ‘Cien años de soledad’, donde se quería llenar un ferrocarril completo de muertos, no podía ajustarme a la realidad histórica (…). Decir que todo aquello sucedió para tres, siete o diecisiete muertos (…) no alcanzaba a llenar ni un vagón. Entonces decidí que fueran 3 mil muertos, porque era lo que estaba más o menos dentro de las proporciones del libro que estaba escribiendo. Es decir, que ya la leyenda quedó establecida como historia”.

Monumento en Ciénaga dedicado a La masacre de las Bananeras.

Otros autores como Brungardt, hablaron de 60 muertos; Urrutia, 100 muertos; LeGrand, 400 muertos; Kalmanovitz, 800 muertos; Fajardo, mil muertos; Rodríguez, 1.500 muertos; White, 2 mil muertos.

Lo mismo sucedió con la prensa nacional e internacional. En aquel momento, las noticias invadieron los medios de comunicación. El primer informe del diario ‘La Prensa’ de Barranquilla, informó de 8 muertos y 20 heridos, pero una semana más tarde, el mismo periódico mencionó a 100 muertos y 238 heridos. Se asegura, que tanto la UFC como el Gobierno, intentaron manipular la información y las noticias se difundieron algunas veces sesgadas, informando sobre los ‘combates’ entre las tropas del Ejército y los ‘revolucionarios’ y que, como resultados de estos combates, “8 bandidos fueron asesinados y 20 resultaron heridos”.
Y, mientras fuentes oficiales y comunicaciones diplomáticas señalan más de mil muertos y el supuesto de trenes cargados de muertos y fosas comunes en áreas inaccesibles; el Ministerio de Guerra insistió en que “en el Magdalena no hubo huelga, sino revolución”.

“La prensa norteamericana proporcionaba información sesgada, tratando de defender los intereses multinacionales y el de su gobierno, la prensa nacional analizó la situación con mayor objetividad. El periódico ‘El Tiempo’ de Bogotá comentó en una nota extendida que la mayoría de las reivindicaciones de los huelguistas eran una mejora justa de las condiciones de trabajo. Sin embargo, debido a su posición conservadora, el editorial afirmó, que no estaban de acuerdo con la huelga ya que consideraban que los trabajadores tenían un mal liderazgo y hacían responsables a los responsables de lo sucedido. Ellos recordaron a las autoridades que la fuerza no es la razón suprema como el único sistema para resolver un conflicto ya que la violencia no es una opción válida para imponer”.

Esta represión provocó un éxodo masivo de la población aterrorizada. Muchas personas abandonaron la zona y emigraron a diferentes partes del país por temor a la persecución militar y el arresto, dejando atrás sus escasas posesiones.














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