lunes, 11 de enero de 2016

EL CARIBE Y LAS CORRALEJAS






Por:
Víctor Alfonso Moreno-Piñeda* 
El cañaguate suelta las hojas: señal de que pronto empezarán a brotar las flores amarillas. La polvareda se levanta y empantana las calles y las plazas de los pueblos. El sopor penetra por los poros, las estrellas alumbran con más potencia y un bullicio altanero se siente en esta esquina.

La tierra lo sabe: estamos en el verano traslúcido de fin de año. La época de las Cuatro Fiestas —hoy convertidas en mil, dispersas aquí y allá en este pedazo de Caribe que habito—. Con el verano viene Navidad y Año Nuevo. Vuelve la familia y los amores contrariados del pasado. Pero también vuelven ¡nuestras tradicionales fiestas en corraleja!, y Córdoba, Sucre y Bolívar se emperifollan de tradición y cultura.
Porque sí, quiéranlo o no, las corralejas hacen parte de la tradición de muchos pueblos del Caribe colombiano. En algunos casos son, a lo largo del año, la única diversión que se le brinda a su gente en Cereté, Ciénaga de Oro, Arboletes, Buenavista, San Carlos, Cotorra, Ayapel, Planeta Rica, Montelíbano, Purísima, La Unión, Sampués, Sincé, Caimito, San Marcos, Betulia, San Benito Abad, Galeras, Turbaco, San Juan Nepomuceno, Zambrano, Villanueva, Arjona y —las  más conocidas y casi extintas— las del 20 de enero en Sincelejo. y la un gran numero de poblaciones del Magdalena, como Fundación. Aunque La lista es mucho más larga. 
Pueblos olvidados que se realzan en el mapa en tiempos de elecciones y durante sus ¡tradicionales fiestas en corraleja! Durante cuatro o cinco días, ricos y pobres, poderosos y marginados, se encuentran en un improvisado maderamen y le dan rienda suelta a la muerte y al rebusque, al licor y al azar.
Además de ser tradición, las corralejas son un buen negocio. Aquí todos ganan: gana el campesino que corta la vara de humo y el mangle que construye la plaza; gana el camionero que transporta el ganado de la finca a la plaza y de la plaza a la finca; gana el picotero que asegura cuatro o cinco noches de espeluque; ganan las fábricas de licores; ganan los vendedores de empanadas, panes, diabolines, rosquitas, cervezas en lata, cigarrillos, caramelos, bolsas de agua; gana el ladronzuelo que logra arrebatar la cartera o el celular a la mona que se pavonea en los palcos como si estuviera en la sala de su casa; ganan los fulleros de la pimientica que logran cazar un par de incautos; ganan las putas que en cinco noches recuperan la plata que perdieron en las anteriores trescientas sesenta.
Asimismo, gana el avezado mantero que logra sacarle tres trapazos al toro más bravo de la tarde; gana el banderillero que aparatosamente pone dos banderillas en la cerviz del animal; gana el pato —como se le conoce al tipo que no tuvo plata para subir a palcos— que logra coger un par de caramelos o un billete que el ganadero lanza al ruedo.
Ganan las bandas de la región: la 19 de Marzo de Laguneta, la Súper Banda de Colomboy, la Juvenil de Chochó, la Nueva Esperanza de Manguelito, la San Juan de Caimito, la San José de Toluviejo, la Bajera de San Pelayo y la 11 de Noviembre de Rabolargo.

También gana el político que presenta su nombre ante el pueblo para las elecciones de marzo u octubre. Y sobre todo, ganan los ganaderos y los empresarios —casi siempre son, como en el cuento de Gabo, la misma vaina— que en una tarde de toros aseguran varias decenas de millones de pesos. Las corralejas son un negocio casi perfecto ¿no les parece? Aquí gana todo el mundo. Los únicos que pierden son los animales y los hombres.
Pierde el toro que, aunque casi nunca muere, es vituperado y burlado en la plaza. Pierde el caballo que corneado de muerte y con las tripas arrastrando, recorre el ruedo en busca del garrochero que segundos antes lo dejó indefenso ante el toro. Y perdemos nosotros los hombres la dignidad al aceptar alegremente que los ricos deben ir arriba y los pobres abajo. Perdemos los hombres que nos sumergimos en un espectáculo de miseria con la firme creencia de que todas las tradiciones son cultura, y como tal deben conservarse.
De las corralejas que nos queden las leyendas de los toros del Sinú y la Sabana, tan tremebundos como el Toro de Minos; que nos quede la historia del Chivo Mono y su cornamenta imperial, la del Arrancateta y su estirpe criolla, y la del Balay y su fama invencible.

Que nos quede la memoria de los héroes y kamikazes inmolados en el ruedo; que nos quede la inmortalidad del Kalimán del Sinú y sus cincuenta y seis cornadas y dos mil cuatrocientos cincuenta y siete puntos de sutura. 
Que nos queden los grandes cronistas con sus tragedias: el Mono Berdella con el cuento El Tapaetusa y, Devaloy Acuña con la canción El Mantero. En ambas historias, la muerte y la precariedad rodean a los personajes. José Ignacio, el personaje de Leopoldo Berdella, muere en manos del Tapaetusa; y el mantero de Devaloy Acuña se sacrifica por amor ante un toro matrero encomendado al mismísimo diablo, ¡avemariapurísima!
Y que nos queden y vivan por siempre los porros y fandangos inmortales. Que suenen hasta en el último rincón del universo. Que allá en lo más lejano se baile al ritmo de los tres clarinetes, las cuatro trompetas, los tres bombardinos, los tres trombones, el bombo, el redoblante y los platillos. Que nos quede María Varilla, Pablo Flórez y Miguel Emiro Naranjo. El resto —el negocio— es tiempo de darle sepultura.
En el desarrollo de las corralejas hay una oportunidad tácita de reflexión: ver si animales y hombres pueden no solo ser parte de un espectáculo para seguir siendo parte de la vida...  


*Docente catedrático de la Universidad de Córdoba

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