viernes, 3 de febrero de 2017

LA ENTRADA DEL CAPITALISMO AL MAGDALENA


Fachada de la entrada del viejo edificio United Fruit
en la avenida St. Charles, Nueva Orleans, Luisiana, EE. UU.

El auge del banano trajo consigo a múltiples empresarios del país y del exterior, quienes se interesaron en incursionar en el cultivo de dicha fruta y para 1928 se tenían cultivadas más de 31 mil hectáreas de banano, distribuidas en casi 380 haciendas.

Después de la Guerra de los Mil Días 1899-1902 el país vivió un largo periodo de paz y confianza: “estos años dieron a Colombia cierto nombre de país serio, democrático y pacífico”.

Cabe resaltar, que los tratados de paz fueron firmados, primero, por el general liberal Uribe Uribe, el 24 de octubre de 1902, en la hacienda Neerlandia, que se ubicaba en la Zona Bananera del Magdalena y de donde toma el nombre del tratado (Tratado de Neerlandia), y se dice que este hecho indujo a Benjamín Herrera a pensar en una fórmula similar, debido a que los cañones norteamericanos se encontraban apuntando hacia sus barcos, en defensa de los conservadores, quienes habían llegado desde las Bocas de Toro hasta las goteras de la ciudad de Panamá arrinconados por los liberales, en cabeza de Herrera.

Por tanto, Benjamín Herrera tomó la decisión de aceptar el ofrecimiento de los norteamericanos para que su buque insignia, el Wisconsin, fondeado en el puerto de Ciudad de Panamá, sirviera para reunir a las comisiones de las fuerzas beligerantes y se acordara un tratado de paz. Así, el 21 de noviembre de 1902 se puso fin al conflicto entre liberales y conservadores, con el Tratado de Wisconsin.

En aquel momento, las comunicaciones no eran las mejores y los telegramas o mensajería de la dirección liberal, de donde se intentaría informar sobre el Tratado de Wisconsin y el fin de esta guerra, fue difícil y lento, por tanto, la guerra en el país duró un poco más y se extinguió paulatinamente.

No obstante, el gobierno de Rafael Reyes (1904-1909), fue caracterizado por diversos cambios e innovaciones a nivel empresarial, gracias al fin de los conflictos. El economista Joaquín Viloria de la Hoz, en su libro ‘Historia económica y empresarial del Magdalena Grande y del Bajo Magdalena, 1870-1930’, explica cómo el Presidente se hizo dictador en 1905 para darle curso a una nueva reforma administrativa, por lo cual, el Decreto Legislativo 15 de 1905 elevó los derechos de aduana en un 70 % y rebajó algunos impuestos de artículos que eran considerados en dicho momento como materias primas.

También, Viloria aseguró en su libro que, durante el Quinquenio de Reyes, la acción del Estado se concentró en tres estrategias: “primero, el establecimiento de los monopolios fiscales (licores, tabaco, degüello, rentas por la explotación de las minas de sal, timbre, papel sellado e incremento en las rentas de aduanas”). Segundo, estímulos fiscales para fomentar la industria textil y la agricultura de exportación, como una forma de atraer inversión extranjera. Y tercero, el incremento de la inversión pública, dirigida a mejorar y a ampliar la infraestructura de carreteras y ferrocarriles”.

Y es que para el presidente Reyes la inversión extranjera era un punto esencial para el desarrollo económico colombiano e hizo lo posible para encaminar sus políticas para conseguir tal objetivo; así, el capital extranjero llegó, pero no en las magnitudes esperadas para financiar ferrocarriles, proyectos agrícolas de exportación y actividades mineras.

Para el profesor e historiador Rafael Guerra Maestre no es arbitraria la afirmación de que el siglo XX llegó a Colombia con 20 años de retardo, debido a los enfriamientos de relaciones con Estados Unidos por la situación con Panamá y su canal, además de la fobia anti-yanqui que este hecho produjo en la sensibilidad del pueblo colombiano, la parálisis de intercambio comercial y finalmente la primera Guerra Mundial en 1914, que obturaron el camino del progreso. No obstante, para expertos y ciudadanos que recuerdan aquella época, si no fuera por la United Fruit Company, no se hubiese equilibrado el evidente atraso del país.

UN PROGRESO NOTORIO
Los afiches promocionales de la United Fruit Company
demostraban el poderío de la empresa.

Con tantos beneficios hacia los extranjeros, la United Fruit Company compró más de 32 mil hectáreas en la Zona Bananera, según un informe del Departamento de Baldíos, en 1924. El auge del banano atrajo consigo a múltiples empresarios del país y del exterior, quienes se interesaron en incursionar en el cultivo de dicha fruta y para 1928 se tenían cultivadas más de 31 mil hectáreas de banano, distribuidas en casi 380 haciendas.

En 1906, con el ferrocarril activo hasta el corregimiento de Buenos Aires a orillas del Río Fundación y luego en 1911 hasta el corregimiento de La Envidia, -la presidencia de Rafael Reyes logró que se pasara de 491 a 871 kilómetros de vías férreas, teniendo en cuenta que en ese sexenio se construyeron más kilómetros que en los veinte años anteriores – y la producción del banano casi en un millón de racimos, permitió que dicha empresa norteamericana tuviera el control del ferrocarril de Santa Marta y constituyera la Gran Flota Blanca para exportar el banano y el café e importar una diversidad de productos que eran comercializados a través de los comisariatos que ellos mismos construyeron en la Región.

En 1908, estableció pues una empresa de vapores para que prestara el servicio de transporte marítimo entre los puertos de Riohacha, Santa Marta, Puerto Colombia, Cartagena y Colón, en Panamá.

Gracias a la bonanza bananera y a la expansión del comercio colombiano, se logró el servicio telegráfico, telefónico y de energía eléctrica, del cual la United Fruit Company era su mayor beneficiaria.

Es importante mencionar, que desde 1893 se había instalado el alumbrado eléctrico en Santa Marta por un contrato con Míster Flye, gerente entonces de ‘The Santa Marta Railway’, al igual que los teléfonos existentes, que pertenecían a la misma compañía para interconectar las fincas con las estaciones férreas.

Por consiguiente, más adelante, en 1911, la compañía bananera inauguró su servicio de telégrafo inalámbrico, que fue el primero en Colombia, con servicios internacionales, que coordinarían el movimiento de los barcos fruteros en sus líneas de navegación.

Igualmente, en 1912, se concentró la fabricación de cemento a través de las subsidiarias Padger & West y Talford & Padget; y, el monopolio de la fabricación del hielo, que pertenecía al cónsul británico Mansel F. Carr y el norteamericano William Trout.

Por otra parte, crearon la empresa Santa Marta Wharf Company Ltd., que permitió la incursión en la navegación a vapor por los caños de la Ciénaga Grande, entre Puebloviejo y Barranquilla.

GRANDES OPORTUNIDADES




Imagen de la sede de la United Fruit Company en la Zona Bananera

El gran historiador de Santa Marta, José Rafael Dávila, quien hoy, con más de 93 años, no olvida la bonanza con la que se vivió en aquella época en la Región, “lo que hoy en día son los supermercados, en aquellos días se llamaban los comisariatos. Se compraba lo que no se conseguía en Bogotá, por tanto, se comía mejor acá en Santa Marta que en la Capital colombiana. Y estos productos no eran solamente para los altos directivos de la United Fruit Company sino también los trabajadores de muelle y demás ciudadanos”.

Dávila, aseguró, que una botella de whiskey de la mejor marca costaba alrededor de 10 pesos y las camisas de moda y de marcas, entre 5 y 7 pesos, “Santa Marta era un paraíso idílico y la compañía norteamericana trajo la posibilidad de acceder a productos que no se encontraban en otras ciudades del país”.

Como dice el libro ‘Perfil Geo-Histórico de Macondo’ del profesor Guerra, los comisariatos eran tentadores, hermosos, surtidos de mil cosas superfluas y absolutamente innecesarias: zapatos ‘walk-over’, sombreros tejanos, zamarros, polainas, dulces y bebidas de nombres exóticos, lociones, miles de abalorios.

Así, los servidores de la UFC recibían los productos que quisiesen con tan solo presentar sus tarjetas de crédito o el famoso sistema de vales que amarra el salario por trabajo, al expendio del comisariato imperativamente. “Ellos cumplen el triple propósito de mantener bajo el costo de vida, diferir expectativas de mejores salarios lastrar los buques en sus viajes de retorno al puerto bananero. Además, concretar algunas ganancias por el comercio al menudeo”.

Hospitales, colegios bilingües, clubes, el Teatro Imperio, entre otros, permitían nuevas oportunidades para los empleados de la compañía frutera. Asimismo, los altos mandos, que consistían no solo en los extranjeros sino también en profesionales de la Región, tuvieron la oportunidad de viajar a otros países en barco y de acceder a los múltiples beneficios que trajo consigo la United.

“Mi padre, Urbano Leal Mancilla, cienaguero, de descendencia española, era jefe de exportación de la United Fruit Company. Vivíamos en Prado, Sevilla. Recuerdo que aquí nunca jugamos trompo, yoyo o canicas, sino que todos nuestros juegos eran electrónicos, traídos por la compañía. Además, encontrábamos variedad de productos económicos en los comisariatos”.

También dijo que, la United Fruit Company había traído unas 30 o 40 máquinas portátiles de cine e iban tres veces a la semana a cada finca y les ofrecían entretenimiento a los empleados y que todos los 4 de julio, se celebraba en el club de Prado, Sevilla, con músicos como Pacho Galán y Lucho Bermúdez. Sin embargo, cuando la compañía se fue del país, su padre tuvo la oportunidad de enviarlo a él y a sus hermanos a estudiar a Europa. Allí estuvo durante 18 años.

UN RESURGIR
Luego de terminada la primera Guerra Mundial en 1919, que había obturado los caminos del progreso, inició una nueva etapa de buenas relaciones con los Estados Unidos.

Para 1921, la UFC adquirió por $770 mil oro americano, todas las propiedades de “Inmobiliere et Agricole de Colombie” y de ese momento y hasta 1928 el crecimiento de la compañía norteamericana sería constante, ininterrumpida y sólida.

Desde antes se habían producido voluminosas migraciones de gentes de toda la costa hacia las bananeras. Luego, tropeles de campesinos llegaban a la tierra de promisión, donde un buen número estrenaban tareas, en oficios con nombres extranjeros sonoros, cautivantes: timekeeperwinchero, guachimán, frenero, aguatero, desmachador, entre otros distintos a lo tradicional, con un léxico de la más moderna tecnología agraria, puesta en marcha en la primera unidad agro-industrial que, bajo el signo de imperialismo extranjero, funcionaria en Colombia.

Según el profesor Rafael Guerra Maestre, esta fue la etapa en que, durante toda la historia bananera, se acentuaron inconfundibles las características del enclave colonialista perfecto. “El contraste dramático entre el progreso explosivo del área industrializada, y la miseria creciente. Una riqueza transitoria, desmontable, que se circunscribe estrictamente al área de explotación”.

Igualmente, en cada población y caminos hacia las fincas, funcionaban bailaderos que llamaban academias, donde chicas atractivas bailaban por tiquetes, al ritmo de una ‘p1ap0ayera’ o un traganíquel de vidrio con luces multicolores. Funcionaban de día y noche, para comodidad de la clientela y con mujeres de recambio, para el mismo objeto.

Por otra parte, buques ingleses llegaban al puerto, con menor frecuencia que la Flota Blanca, para comprar frutas y los tripulantes de estas naves enseñaron a los jóvenes braceros samarios a jugar fútbol. “En los predios vecinos al muelle, La Salina y La Castellana, se improvisaron encuentros internacionales que fueron comprometiendo el interés general, a medida que los aprendices progresaban en el dominio del apasionante deporte. Por aquí entró el futbol a Colombia”.

Fue así como en 1928 se concretó la primera cita en Cali, de la juventud deportiva colombiana para dirimir superioridades, los samarios sorprendieron con su destreza y maestría en el dominio del fútbol. Fueron los campeones nacionales de esta disciplina que se expandió a lo largo del territorio colombiano.

Sin embargo, y a pesar de que aquella época, las bananeras permitieron oportunidades únicas tanto para los propietarios de las fincas como para los obreros, al marcharse la Compañía no quedó huellas, ni monumentos significativos, los abundantes dólares se gastaron sin control en el viejo continente y los bananeros que disfrutaron una buena vida en otros países, al regresar y reanudar su vida rústica del trópico, no lograron conservar todos el elevado estatus económico al que se habían acostumbrado.

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