Dos hermanas, un arcoíris y un pueblo que no termina de llorar
El 26 de octubre, hacia las seis de la tarde, el sol ya bajaba sobre Fundación y se repetía la historia de una nueva tragedia con menores: Sharloth Fontalvo Dávila, de 13 años, había salido del colegio 23 de Febrero. Su hermana Scarlett, de 9, la acompañaba. Tenían una moto eléctrica, y una noche por delante en una tarde que oscurecía.
No llegaron lejos. En la calle 3 con carrera 15A del barrio Paz del Río, la moto, una Mobulaa, cayó a la calzada. Una volqueta que venía por la misma vía no alcanzó a frenar. Las dos niñas murieron al instante.
No se sabe con certeza las razones de la caída. La versión preliminar habla de un sobresalto: el estruendo de la volqueta, un movimiento brusco, el control que se pierde. Las autoridades lo investigan y piden cautela. Señalan que no llevaban casco ni iban acompañadas por adultos. El conductor de la volqueta, un hombre de 70 años, se presentó ante la Policía.
El grito
Cuando la noticia se difundió por las redes, como corren hoy las malas noticia, Shirley su madre, se puso en camino. Llegó y encontró a sus dos hijas vertidas sobre el pavimento. Lo que vieron el tumulto ya no se puede desver: una madre gritando desconsolada en medio de la dantesca escena.
Quienes la conocen cuentan que Shirley se levanta a las cuatro de la mañana entre manteca, masa y un fogón, vendiendo fritos para sacar adelante a sus hijas. Cada madrugada y cada sacrificio tenían nombre y apellido. “Eran mi motor, mi fuerza”, repetía entre lágrimas. Ahora le queda una casa con dos camas vacías y una pregunta que nadie sabe responder.
Muchos comenzaron a censurar a la madre que le había dado recientemente como regalo de cumpleaños la moto del siniestro a su hija mayor, otros en cambio salieron en su defensa para apoyarla en tan difícil transe.
El último adiós
El sepelio no pasó desapercibido. Fundación en gran número y globos blancos salió a despedir a las menores que tanto dolor y solidaridad habían despertado. Shirley en medio de tantos consuelos lloraba desconsolada.
Entonces, en medio del acto fúnebre apareció de la nada un arcoíris que algunos miraron con asombro, otros como lo interpretaron como consuelo divino, y no faltó quien dijera que era la presencia de las menores. El signo no explicaba nada ni le devolvía nada, pero por minutos acompañó el dolor de tantos apesumbrados.
Un pueblo que ya conoce el duelo por menores
Fundación sabe lo que es despedir niños. El 18 de mayo de 2014, una buseta que transportaba a 48 pequeños de la escuela dominical de la Iglesia Pentecostal se incendió en el barrio Altamira. Murieron calcinados 33 niños, a quien Fundación ha llamado los “angelitos”, y desde entonces cada 18 de mayo el pueblo se detiene a recordarlos. Hace pocos meses, un fallo del Consejo de Estado ratificó la responsabilidad de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia y de entidades locales. Las familias fueron indemnizadas con sumas millonarias.
En 2018 hubo otro golpe. Génesis Rúa, de nueve años, jugaba frente a su casa cuando un hombre la raptó. Fue asesinada de la manera más cruel que puede imaginarse. El pueblo, enfurecido, intentó linchar al agresor, y la Policía logró impedirlo. Años después, la justicia lo condenó a 53 años de cárcel. Entonces, un vocero de las víctimas dijo que Fundación ya no aguantaba que muriera un niño más de forma violenta.
Sin embargo, aquí está otra vez ese dolor. Esta vez no hubo un culpable que señalar ni una turba que gritara. Hubo una moto, una calle, una volqueta y dos niñas que se despedían de la infancia sin saberlo.
Lo que queda
Sharloth y Scarlett ya no están, pero su historia deja una deuda con los niños de Fundación. Esa deuda se paga cuidándolos en los buses, en las calles y en las casas, y mirando con atención a los que se suben a una moto sin casco y sin un adulto que los cuide.
Mientras tanto, en una casa de Fundación, una madre que se levantaba de madrugada ya no tiene a quién despertar ni por quien soñar. Y el pueblo, que la acompañó hasta la puerta del cementerio, sabe que ahora viene lo más difícil: el duelo de cuando se apaguen las cámaras y el arcoíris se haya ido.








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