La memoria deportiva de Fundación no se conserva en trofeos ni esculturas, sino en la arena de un callejón donde dos arcos de madera y un saco viejo hicieron las veces de portería.
Durante más de cincuenta años el futbol fundanense tuvo un apasionado y también un guardián: Carlos Emilio Juvinao Acosta, "el profe Carlitos Juvinao", quien murió en Cartagena el 19 de septiembre, a los 63 años, dejando tras de sí generaciones enteras de niños que aprendieron con él a tocar un balón y a soñar en grande.
Una infancia de calle y pelota
Carlos nació en Fundación el 22 de octubre de 1962, en la misma casa donde viviría el resto de su vida. Su padre, Carlos Juvinao Ibarra, había sido futbolista y pelotero de sóftbol, y fue quien le sembró dos pasiones que ya nunca se separarían de su vida: el fútbol y el Unión Magdalena.
El viejo Juvinao había viajado hasta Santa Marta en 1968 para presenciar el único título de liga que el club samario conquistaría en su historia, y desde entonces llevaba a sus hijos al estadio Eduardo Santos. "Se nos metió en la sangre", diría Carlos décadas después, sin rencor por los sinsabores que ese amor le acarrearía.
Pero antes del estadio estuvo la calle. A los ocho años, en un callejón cerca de su casa, —contigua al comando de Policía—, entre la calle 3 y las carreras 6. Carlos y los pelaos de su barrio armaban dos arquitos de madera al que le colgaban un saco que hacía de malla. Jugaban todas las tardes hasta que el cuerpo aguantara, y cuando llovía dado que se inundaba el callejón se mudaban a la avenida 3, donde cuando pasaba un vehículo se veían obligados a detener el balón un instante antes de seguir. No había otra cancha que esa, ni otra regla que la "línea afuera": el equipo al que le hacían gol salía, y entraba el siguiente.
De esa niñez de barrio y balón de trapo saldría, años más tarde, un futbolista que llegaría a tocar la puerta del fútbol profesional colombiano —y, sobre todo, un formador que dedicaría su vida a que otros la tocaran también.
A los doce años pasó a integrar la selección de su colegio el Francisco de Paula Santander "el Oficial", que por esos años tenía su sede en lo que hoy es el barrio Altamira, donde debutaba en intercolegiales.
Atlético Avenida
De los juegos callejeros nació el Club Atlético Avenida, integrado por muchachos del sector, tan compenetrado que —recordaba Carlos con cierto orgullo— resultaba difícil que un jugador ajeno al barrio lograra entrar. Cada quien tenía su posición; él, ambidiestro, se acomodaba de lateral derecho o izquierdo, de central o de volante mixto número 8, y marcaba goles con cualquiera de las dos piernas. Su padre dirigió el equipo al principio; después llegarían el profesor Carlos Velázquez y Fermín Duarte, un joven que tenía una tienda.
Selección Fundación
El buen nivel del Atlético Avenida no pasó inadvertido para Rafael Castañeda Navarro, el hombre que dejó huella en el deporte fundanense, y a quien hoy el estadio de Fundación le rinde homenaje con su nombre.
Castañeda convocó a buena parte del Avenida para integrar la selección del municipio de Fundación, que se midió en torneos intermunicipales contra Santa Marta, El Banco y Aracataca, entre otros, en escenarios que hoy resultarían inimaginables: el propio estadio de Fundación era apenas un óvalo de paredes con dos arcos, por donde entraban chivos y cerdos, y los jugadores debían recoger los desechos antes de poder rodar el balón.
Para subirle el nivel a esta selección en una ocasión los entrenó Malaza Vargas, quien fue jugador y director técnico del Unión Magdalena.
De aquella generación saldrían nombres que después brillarían en el fútbol profesional colombiano —pero para Carlitos hubo uno que resumía mejor que ningún otro lo que Fundación podía dar al fútbol nacional: Emilio Barraza Cervantes "El Niño", oriundo del corregimiento de Sampués, puntero izquierdo de dominio prodigioso que llegó a jugar Copa Libertadores con el Junior y a vestir la camiseta de la Selección Colombia, y de quien el propio Carlos "el Pibe" Valderrama llegó a decir, en una entrevista, que había sido de los mejores compañeros que tuvo, y peguntó: ¿qué se hizo ese jugador que hubiera sido una estrella en Colombia?. Lo que no sabía el Pibe es que Barraza había sido asesinado en Fundación luego de retirado del fútbol. Carlos nunca dejó de recordar a este jugador que creció con él en el Club Avenida, y esa memoria terminaría dándole nombre a la obra de su vida.
Valledupar
Barranquilla: el sueño y la cuenta pendiente
A los 19 años, ya casado y con su primera hija en camino, Carlos recibió la llamada que todo muchacho de pueblo esperaba: Rafael Castañeda se le presentó en su cada en Fundación, y le avisó que el Junior necesitaba un lateral y lo invitó a presentarse en Barranquilla. Dudó —la responsabilidad de una familia que empezaba pesaba más que cualquier sueño—, pero Castañeda lo persuadió por sus condiciones, terminó viajando junto a otros dos jugadores fundanenses, Luis Paez y Rafael Martínez.
Juvinao en su primer entrenamiento sobre una cancha de tierra del barrio La Magdalena de Barranquilla, mostró su gran talento y destreza marcando dos goles siendo lateral. El gesto no pasó desapercibido: a la semana se presentaron los directivos de las selecciones menores: el Papi Peña y Gutiérrez, y escogieron a Juvinao entre los pocos que fueron escogidos. Luis Paez y Rafael Martínez no estuvieron a la altura, no sudaron la camiseta como lo hacían en Fundación, en cambio Carlitos se fajó y la tiró toda, de tal suerte que los que deseaban quedarse fueron devueltos y el que se fue sin ganas se quedó. De esta forma Carlitos Juvinao quedó incorporado a las divisiones menores del Junior en calidad de prueba (equipo de la B, especial de reserva), donde compartió cancha y entrenamientos con jugadores de la profesional, y donde alcanzó a rozar, en las prácticas conjuntas, a ídolos que admiraba desde la grada imaginaria de Fundación: Óscar Bolaño (padre), el Boricua Zárate, Dulio Miranda, Toto Rubio. En el equipo de la B, Juvinao fue compañero de Alambrito Herazo, Alexis Mendoza, Campbell, así como de algunos excompañeros del Atlético Cesar como Carlos Araujo, José María Pazo, Kiko Barrios,
Pero ser jugador en prueba significaba alojamiento y comida, no salario. Y Carlos tenía un hogar por el que velar, y a pesar de que su suegra, que era vendedora de pescado en el mercado de Fundación, había decidido apoyarlo en su sueño asumiendo los gastos de su esposa e hija recién nacida, pudo más en él la responsabilidad, de tal suerte que solo duró en el Junior poco más de un año, sosteniéndose a veces de lo que le prestaba su compañero Emilio Barraza, hasta que la necesidad se impuso sobre la ilusión: regresó a Fundación.
Su verdadero sueño, confesaría después, nunca fue el Junior sino el Unión Magdalena, el club de su padre; Barranquilla había sido apenas el camino para llegar allá, y ese camino se cerró antes de tiempo, no por falta de talento sino por falta de dinero. "Hay noches que le pregunto a la almohada, sí debí haberme quedado en el Junior", diría muchos años más tarde, sin amargura, con la serenidad de quien hizo las paces con su propia historia: "Pero estoy tranquilo, porque soy consciente de que no se pudo".
Del Junior se trajo sudadera, guayos, uniformes..., implementos que regaló no solo para dejar atrás su sueño, también porque su corazón siempre estuvo en el Unión y no en el equipo rojiblanco. En el Unión admiraba al Indio del Risco, con su cabellera larga, a tal punto que se dejó crecer el pelo para parecerse a él. Una vez fue convocado a la selección Magdalena con otros de Fundación, pero el único que pudo asistir fue Emilio Barraza ya que su madre le pudo financiar sus gastos.
ESCUELA EMILIO BARRAZA CERVANTES
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| Junior 1981 Dulio Miranda, Omar Alfredo Galván, Juan Miguel Tutino, Alfredo Araújo, Bonifacio Martínez, Oscar Bolaño, Fernando Fiorillo, Carlos Molinares, Emilio Barraza y Luis Grau. |
De jugador frustrado a formador de generaciones
A los 35 años, Carlos colgó los guayos definitivamente. Pero no se alejó del fútbol: lo trasladó a la puerta de su casa. Un día vio jugar en la calle a sus propios hijos (Carlos y Esneider) junto a otros muchachos del barrio que mostraban destreza, y les propuso, casi sin pensarlo, armarles un equipo, ellos con mucha ilusión a coro aceptaron. Un vecino, Pablo Robayo, donó la primera implementación deportiva del equipo —camisetas amarillas, pantalonetas rojas, balones, guantes de arquero— y así, en 1997, nació lo que al principio la gente simplemente llamaba "el equipo del profe Juvinao".
Los comienzos fueron duros: perdían con cinco, seis, hasta ocho goles. Pero Carlos no paró de entrenar. Con el tiempo, los mismos equipos que antes los goleaban empezaron a rehuir el enfrentamiento. Fue entonces cuando decidió que aquel proyecto necesitaba un nombre que fuera más allá del suyo, un nombre que le recordara a los niños de dónde podían llegar los muchachos de Fundación. Eligió el de Emilio Barraza Cervantes.
La Escuela de Fútbol Emilio Barraza Cervantes, durante treinta años formó a cientos de niños en las categorías infantil, juvenil y abierta, cosechando títulos en sub-12, sub-14, sub-16 y categoría abierta, y entregando al fútbol regional nombres que hoy siguen sonando —incluido un joven de Buenos Aires, Adolfo Pertuz, al que Carlos descubrió marcando tres goles en un torneo local y a quien sostuvo, con lo poco que tenía, hasta verlo llegar a las divisiones menores del Atlético Huila.
El hijo del profesor Juvinao, también llamado Carlos, por invitación de Gustavo Canedo Londoño, participó en un torneo de Asefal, y por su debut en esta vitrina se interesaron en él tanto el Bucaramanga como el Junior. Su padre le aconsejó que ingresara en las primeras divisiones el Junior que dirigía Campero Cervantes, y lo hospedó donde un hermano en Barranquilla, jugó como volante 10 zurdo, pero la esposa del profe Juvinao comenzó a interponerse y logró que su hijo regresara a Fundación para continuar con sus estudios de secundaria, frustrándose una vez más la vena profesional de esta estirpe de futbolistas de la familia Juvinao compuesta por los tres Carlos: Abuelo, Padre e Hijo.
Otro hijo que prometía futuro en esta disciplina, Esneider, vio truncado su sueño por una enfermedad mortal que se lo llevó muy joven.
"El éxito está en la disciplina"
Si algo repetía Carlos a sus alumnos, era esa frase que terminó siendo su filosofía de vida: el talento no basta si no viene acompañado de disciplina, de estudio y de respeto por las reglas del club. Él lo sabía por experiencia propia, porque había visto de cerca lo que la falta de recursos —y no la falta de calidad— podía hacerle a una carrera. Por eso su escuela nunca fue solo un lugar de entrenamiento táctico: fue, según cuentan sus propios alumnos, un espacio donde los niños encontraban también un adulto a quien contarle los problemas de la casa, un consejero, y en más de una ocasión, cuando las circunstancias familiares apretaban, hasta un techo. Todo esto sin ánimo de lucro, en un municipio donde el patrocinio nunca sobró y donde muchas veces Carlos ponía de su propio bolsillo los guayos o el pasaje que a algún niño le faltaba para viajar a un torneo.
Una vida marcada también por el dolor
El profesor Juvinao se casó con Rubí Monsalvo, nacida en el corregimiento de Buenos Aires, con quien tuvo cuatro hijos, de los que dos no sobrevivieron: una niña que murió a los nueve meses, y Esneider, que, con apenas 16 años y siguiendo también los pasos futbolísticos de su padre, falleció en el año 2000 a causa de una leucemia, y cuando prometía gran futuro en este deporte.
Fue, sin duda, la pérdida más honda de su vida, una herida que —según cuentan quienes lo conocieron— nunca dejó de estar presente pero que tampoco logró apagar su carácter: seguía siendo, hasta el final, el hombre alegre y bromista que la gente de Fundación recuerda con cariño, ese que "mamaba gallo" en la puerta de su casa mientras tomaba café y hablaba de música con los vecinos.
El último partido - muerte
En agosto de 2026 le diagnosticaron leucemia. Fue hospitalizado en Cartagena, donde necesitó transfusiones constantes de un tipo de sangre poco común, O negativo. La comunidad de Fundación —clubes, torneos aficionados, antiguos alumnos— organizó jornadas de recolección de dinero para sostener los gastos de su tratamiento, en un gesto que devolvía, de algún modo, todo lo que él había entregado durante treinta años.
Murió el sábado 19 de septiembre de 2026. Fue sepultado dos días después en el cementerio San Rafael de Fundación, entre decenas de mensajes de despedida de antiguos jugadores, familiares y vecinos que coincidían en una misma imagen: la de un entrenador que nunca dejó de estar al borde de la cancha, gritando instrucciones, riéndose de sus propios errores tácticos, exigiendo un poco más de esfuerzo a cambio de una promesa que él mismo nunca pudo cumplir del todo, pero que ayudó a cumplir a tantos otros.
El legado
Carlos Juvinao Acosta nunca jugó un partido de primera división. Su nombre no figura entre las grandes estrellas del fútbol colombiano. Pero en Fundación, ese detalle importa poco. Lo que queda de él no se mide en la B del Junior ni en las selecciones que integró de joven: se mide en las tres décadas que le dedicó a una escuela que lleva, con toda justicia, el nombre del mejor jugador que ha dado su pueblo. Se mide en los niños que aprendieron a driblar con la misma calle que a él lo formó. Se mide en la palabra que sus alumnos repiten una y otra vez al despedirlo: "profe".
Carlitos Juvinao no llegó tan lejos como soñó de joven. Pero consiguió, con paciencia y sin recursos, que muchos otros sí pudieran intentarlo.


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